¡El amor nunca dice basta!
San Lucas 17,7-10.
El Señor dijó:
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'?
¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'.»
Una vez más este evangelio subraya la gratuidad del servicio: el único título de gloria de los discípulos consiste en ser los servidores de la gracia. Así debe de ser el creyente, un tipo original que se deja modelar por Dios, con quien se encuentra, como se suele decir "a sus anchas". Todo lo que hace, sabe que es gracia de Dios. Sabe que después de hacer todo lo que uno tiene que hacer, reconoce su "inutilidad" es decir, es consciente que el amor nunca dice basta y ¿qué sería del amor sin los gestos que lo encarnen, la palabra que la expresan, la oración sin el deseo del corazón y la fe sin la vida?
El discípulo es el que se atreve cada día a inventar la caridad y descubrir que el amor está siempre por delante, que por mucho que hagamos siempre, siempre, estaremos en deuda con el que es el Dios del Amor y de la Vida.
El ejemplo de San Martín de Tours nos ilumina este ser "siervo inútiles", así dejando la carrera militar, acogiendo la vida eremítica y llegando a ser Obispo de Tours en el siglo IV, consagró por entero su vida al servicio de los pobres y a poner paz entre la gente de su tiempo.
¡El amor nunca dice basta! ¿Tu sirves, trabajas, vives tu vida desde esta gratuidad e inutilidad?
¡Paz y Bien!
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