Octubre 8
Un día llegó a una aldea llamada Alviano a predicar la palabra de Dios; subiéndose a un lugar elevado para que todos le pudiesen ver, pidió que guardasen silencio. Estando todos callados y en actitud reverente, muchísimas golondrinas que hacían sus nidos en aquellos parajes chirriaban y alborotaban no poco. Y era tal el garlido de las aves, que el bienaventurado Francisco no lograba hacerse oír del pueblo; dirigióse a ellas y les dijo: “Hermanas mías golondrinas ha llegado la hora de que hable yo; vosotras ya habéis hablado lo suficiente hasta ahora. Oíd la palabra de Dios y guardad silencio y estad quietecitas mientras predico la palabra de Dios”. Y las golondrinas, ante el estupor y la admiración de los asistentes, al momento enmudecieron y no se movieron de aquel lugar hasta que terminó la predicación.
(1C 59)














