Agosto 19
Durante su permanencia en Siena llegó uno de la Orden de los predicadores, varón ciertamente espiritual y doctor en sagrada teología. Así que visitó al bienaventurado Francisco, el uno y el otro se detuvieron largamente, disfrutando de una colación dulcísima sobre las palabras del Señor. Y el maestro se animó a preguntarle sobre aquel dicho de Ezequiel: Si no le hablares para retraer al malvado de sus perversos caminos, yo te demandaré a ti de su sangre . «A propósito, mi buen padre -le dijo-, conozco a muchos a quienes, a pesar de saber que están en pecado mortal, no les hablo siempre de su maldad. ¿Se me pedirá, por eso, la cuenta de tales almas?»
(2C 103)
El bienaventurado Francisco se le declaró iletrado, y, por tanto, en el puesto de aprender, que no en el de responder a la sentencia de la Escritura. El humilde maestro añadió: «Hermano, aunque tengo oído a algunos sabios exponer ese pasaje, me gustaría, no obstante, que me dijeras cómo lo entiendes tú». Le respondió el bienaventurado Francisco: «Si hay que entender el pasaje universalmente, yo le doy el sentido de que el siervo de Dios debe arder por su vida y santidad, de forma que con la luz del ejemplo y con el testimonio de la vida reprenda a todos los malvados. Quiero decir que el resplandor de su vida y el aroma de su fama harán saber a todos su iniquidad». Muy edificado, por consiguiente, aquel varón, dijo a los compañeros del bienaventurado Francisco al despedirse: «Hermanos míos, la teología de este varón, asegurada en la pureza y en la contemplación, es águila que vuela; nuestra ciencia, en cambio, queda a ras de tierra».














