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Muralia

Una locura de amor


28 septiembre 2026
Una locura de amor

Hacer un musical en el siglo XXI cuyo tema central sea la muerte es harto complicado. Pretender que guste y que, además, cumpla el objetivo de que el público salga del teatro con ganas de vivir de otra manera, construyendo fraternidad, roza el delirio. Conseguir que el mensaje de un santo del siglo XIII cale en la gente y que esta salga emocionada, incluso entusiasmada, parece ya una locura.

Y, sin embargo, algo de locura había también en Francisco de Asís. Llamaba hermano a casi todo: al sol, al agua, al fuego, a la tierra. Hasta llegó al colmo de llamar hermana a la muerte. Nada de desprecio a la vida, nada de ingenuidad. Había aprendido a mirar toda la existencia desde una confianza radical en Dios. Una locura de amor.
De esa misma desmesura nace El último Cántico de Francisco. Todos los que hemos participado en este proyecto hemos entrado, de una forma u otra, en una aventura difícil, por momentos improbable, quizá demasiado ambiciosa, pero también profundamente necesaria. Como tantas cosas que nacen del Evangelio.

Hablar del tránsito de Francisco obligaba, además, a evitar una imagen dulcificada del santo. El Francisco que aparece en la obra llega al final enfermo, casi ciego, agotado y marcado por los estigmas. Ha pasado por el fracaso, por el encuentro con el leproso, por San Damián, por la fraternidad, por los conflictos y por una búsqueda de Dios que le ha acompañado toda la vida. La obra recorre ese camino para llegar a una pregunta decisiva: ¿qué queda cuando uno se desprende de casi todo?

La respuesta está, en buena medida, en una de las frases centrales del libreto: «ahora, soy feliz». Frente al poder, la fama, la soberbia o el deseo de poseer, Francisco responde desde una felicidad que no depende del éxito. Ahí se encuentra uno de los núcleos más actuales de la obra. En una sociedad que mide tantas cosas por la visibilidad, el rendimiento o el reconocimiento, Francisco sigue planteando una pregunta desconcertante: qué necesitamos realmente para vivir bien.

Y después llega la hermana muerte. La obra la convierte en personaje y la hace dialogar con Francisco. La muerte aparece como el momento definitivo de su encuentro con Dios. En una cultura que prefiere esconder la muerte, aplazarla o disimularla, Francisco se atreve a mirarla de frente y a llamarla hermana. Ese gesto, ocho siglos después, sigue resultando provocador.

Las canciones, escritas por Fran Ros y por mí, acompañan ese recorrido. Tu mirada, Repara mi Iglesia, Tú eres, Soy feliz, Mi querida hermana muerte o Haz de mí intentan expresar musicalmente lo que el texto va narrando. Pero un musical comienza de verdad cuando las canciones dejan de pertenecer a quienes las escribieron y pasan a la voz de otros. Actores, cantantes, técnicos y dirección han dado a esas composiciones una vida que sobre el papel todavía no tenían.

Algo parecido ocurre con el libreto. Sus autores han conseguido llevar a escena episodios muy conocidos de la vida de Francisco sin convertirlos en una sucesión de estampas piadosas. Hay teatro, conflicto, humor, emoción y una lectura actual de la espiritualidad franciscana. Y eso explica también que entre el público del estreno hubiera miembros de distintas fraternidades franciscanas. Su presencia tenía algo de regreso a casa: ocho siglos después, aquella fraternidad sigue viva.

El estreno fue un éxito, y la respuesta del público superó las expectativas. Pero quizá el éxito verdadero de una obra así deba buscarse en otro lugar. En quien salió del teatro con una pregunta. En quien volvió a pensar en su manera de vivir. En quien sintió ganas de reconciliarse, de vivir con mayor sencillez, de mirar de otra forma a los demás o de recuperar el valor de la fraternidad.

La obra termina con Haz de mí un instrumento de tu paz. No podía hacerlo de otra manera. Francisco nunca quiso ser contemplado como una figura excepcional encerrada en el pasado. Quiso vivir el Evangelio y contagiar una forma de estar en el mundo.

Quizá por eso sigue resultando tan perturbador como necesario.

Ocho siglos después, la locura continúa. Y sigue siendo una locura de amor.

Juan Bautista Peris Roig. Assisi Producciones

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