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EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA. FRAY MANUEL DÍAZ BUIZA

No nos cabe tanta luz


19 Abril 2015

San Lucas (24,35-48)

 En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Es demasiado grande lo que ha pasado estos días. Los relatos de la resurrección de Jesús en los evangelios son sin dudas los más desconcertantes. Es un hecho que rompe nuestros moldes, porque transciende toda experiencia humana. La vida que ahora tiene Jesús no es ya como esta torpe vida nuestra, quebradiza y tan mezclada con la muerte. Las apariciones a sus discípulos quieren ser ocasión para que vayan comprendiendo la nueva manera de verlo: con los ojos del corazón, con la luz nueva de la fe. Deja pistas suficientes, para que los suyos comprendan que es el mismo de antes-"soy yo en persona"-: el pez asado, las llagas, el tono suave de su voz, sus gestos característicos, su manera peculiar de caldearles el corazón, las mismas palabras de aliento o reproche, pero dejando, al mismo tiempo, que se asomen nuevos datos, indicios suficientes para que se vayan haciendo a la idea de que su modo de estar entre ellos va a ser, a partir de ahora, diverso. Es necesario que el miedo deje paso a la confianza, la tristeza a la alegría, y el desasosiego a la paz. Es necesario que la vida nueva de Jesús vaya tomando cuerpo en nuestra manera de vivir, se vaya traduciendo poco a poco en obras nuestras. Sólo así se irá haciendo más legible para tantos que, fuera todavía, aguardan su turno para creer. ¡Feliz Domingo! ¡Paz y Bien!


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