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EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA. FRAY MANUEL DÍAZ BUIZA

Celebra la vida


06 noviembre 2016

Evangelio según san Lucas (20,27-38)

 En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

El mundo que nos espera al otro lado de la muerte es algo que desborda, con mucho, nuestros casilleros. Empeñarse en aplicarle estos módulos de aquí, sería como pretender pesar el color en una balanza, o como medir el amor con una cinta métrica. Y si encima, el que intenta imaginarse este otro mundo no cree en la resurrección, si para él sólo cuenta lo que su inteligencia puede abarcar, lo que puede constatar sus sentidos, a nadie podrá extrañar que desbarre a las primeras de cambio. Así le sucedió a los saduceos que ponen a prueba al Maestro con cierta sorna. Jesús, en su respuesta, viene a decirles que aquellos allá será otra cosa. Que para entender algo de lo que allí pasará es menester remontarse, levantar el vuelo, despegarse de esta realidad de acá. Hay que ponerse en clave de resurrección, para desde la aceptación de que Dios le puede a la muerte, desde la condición de que no es "Dios de muertos, sino de vivos", empezar a descubrir el sentido de cada palabra, de cada noticia que nos llega de allá. Los Macabeos, en cambio, sí que supieron colocarse en sintonía con este Dios de la vida. Ni las amenazas ni la tortura hicieron mella en la fe de estos creyentes. Es que la fe en el Dios de la vida tiene tanta fuerza, que puede hacernos cambiar por completo el planteamiento esta vida de acá, este frágil ensayo que acabará con la muerte.

Dos actitudes, pues, dos talantes ante la vida y la muerte. No puede extrañarnos que, para el que no tiene fe, la vida de los creyentes resulta incomprensible. ¿Qué los hace capaces de sonreír cuando los persiguen, de amar a quién los odia, de compartir lo que tienen, de dar su vida sin ruido, sencillamente, por tal de que en algún lugar del mundo florezca la alegría? No, estas cosas nunca podrán comprenderse desde fuera. Podrán, a lo sumo, provocar extrañeza, despertar preguntas, inquietar comodidades. Ya es salgo, aunque no mucho. Dentro, sí, el panorama cambia. La fe en estas verdades es un hondo venero, refrescante, vivificante, del que se alimentan las raíces de esta vida nuestra diferente, desconcertante, maravillosa. ¡Nuestro Dios es un Dios de vivos! ¡Nuestro Dios ama la vida! ¡Nuestro Dios nos ha traído vida y vida en abundancia!

¡Celebra la vida!

¡Paz y Bien! ¡Feliz Domingo!


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