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EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA. FRAY MANUEL DÍAZ BUIZA

Ver a Dios en cada acontecimiento de la vida


05 Agosto 2014

 San Mateo 15,1-2.10-14. 

Entonces, unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron: 

"¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados y no se lavan las manos antes de comer?". 

Jesús llamó a la multitud y le dijo: "Escuchen y comprendan. 

Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella". 

 Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: "¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oírte hablar así?". 

El les respondió: "Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. 

Déjenlos: son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo". 

¡Qué lejos se puede estar de Dios aún cuando uno cree que estar cerca! Los escribas y fariseos se habían obsesionados en concentrar la fe en ritos que no calaban en el corazón, sólo llegaban a las manos. Y así entendían que mantenerse puro ante Dios consistía en lavarse las manos sin parar. 

En cambio el evangelio ha optado por la pureza del corazón. Pureza que se expresa en una mirada, en una cierta manera de contemplar a los hombres y las cosas. Y así, los puros de corazón son los que frente al mal del mundo y sus compromisos, conservan una mirada inocente, es decir, una aptitud para descubrir el bien y la esperanza en el momento en el que todos se hunden en el barro. No ignoran nada de los datos que ofrece el mundo, pero huelen a Dios aún en la misma contaminación, simplemente porque tienen corazón y porque su mirada sabe presentir las dimensiones ocultas de las cosas.

Cuando nos obsesione la impresión de que nuestras manos están sucias, levantemos los ojos hacia las manos del Hijo de Dios en la cruz, manos agrietadas y que chorrean sangre, manos de un hombre al que todos trataron como si fuera un delincuente. Y luego, fijemos nuestra mirada en sus ojos. Con Él, miremos al mundo para murmurar perdón; contemplemos a los hombres para creer en ellos; abandonemos todo rencor y luchemos hasta el último aliento. Pues Dios no se ha lavado las manos de nuestra miseria. Por eso Él es la pureza absoluta, y no reclama nada más de nosotros cuando ocupamos un lugar en la mesa de su amor. 

¡Dichoso tu, bienaventurado tu, si tienes limpio el corazón, porque sabrás ver a Dios en cada acontecimiento de la vida! 

¡Paz y Bien!


Bitácoras


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