Sin zurcidos ni remiendos
san Juan (13,31-33a.34-35)
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»
A Dios le gusta hacer la gracia completa. No le gusta "remendar lo viejo", cuando de salvar se trata. No le gusta zurcir viejas leyes, sino construir de una vez una alianza nueva. No se contenta con símbolos vacíos que calman pero no sana, sino que llega la raíz misma del alma y nos hace dar el salto de esclavos a hijos. No vence a la muerte vistiéndose de nuevo de aquella pobre vida que se le ha ido cayendo a pedazos, sino que toma y nos promete una vida nueva diferente y plena, definitiva. "Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto…"No. Al Señor no le va eso de "remendar lo viejo".
Amar sólo a quien te va a corresponder, no sana el tejido de la convivencia humana, tan lleno de intereses, el amor nuevo de Jesús es un amor tan nuevo, tan verdadero, tan radical, tan limpio: es olvidarse de sí para dar la vida al otro.
La resurrección de Jesús, si la aceptamos, nos hace pasar del plan de la chapuza y el remiendo al plano maravilloso de una Vida totalmente nueva, toda de una pieza: la Vida del amor y esa vida tiene que notarse. Por eso quiso Él que quedase como señal de los que le seguimos: "la señal por la que conocerán que sois mis discípulos míos, será que os améis unos a otros".
¡Paz y Bien!
¡Feliz Domingo!
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