¿Qué podemos hacer en Pascua?
Somos hijos de Pascua. Tenemos que ser personas de Pascua (cfr. Ef 2,4-7) y por eso celebramos estos 50 días como si fueran un solo día. En la Gran Vigilia Pascual conmemoramos el paso de la antigua condición a la nueva: el paso de la oscuridad a la luz, de la noche al día. En el pregón cantamos: «Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende glorioso del abismo al cielo».
Esta Pascua no es una más, en estos tiempos de crisis globalizada y afectados por la pandemia de COVID-19; pero nosotros, los seguidores de Jesús, sin estar en otro mundo, cantamos en este los «aleluyas» que hablan de la vida y del color; sin embargo. Y hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa de la desesperanza.
En «la casa» de la comunidad, donde vivimos estas semanas de confinamiento, nos ha visitado la esperanza que el Señor nos ofrece con la alegría «insostenible» de la Pascua, el paso del Señor resucitado. Es verdad que no podemos dejar de llorar por los que se nos han ido; pero seguimos confiando en el Señor que nos ha precedido en la resurrección, para que continuemos apasionados en el gran proyecto del Reino donde «nadie estará triste, nadie tendrá que llorar» (Plegaria eucarística III).
El Resucitado es el mismo que el Jueves Santo se rebaja para decirnos que todos somos señores, nadie está por encima del otro, sino al lado los unos de los otros, sin que nadie se quede atrás, porque nuestro Dios se ha anonadado para engrandecernos con su pobreza, que es la fuente de la riqueza, como cantamos tantas veces: «¡Oh pobreza, fuente de riqueza…!».
En esta pandemia nos lavamos las manos repetidamente cada día; pero el Señor resucitado nos recuerda que hemos de lavarnos los pies con el jabón de la caridad y secarlos con la toalla de la generosidad. Cuando esto lo ponemos en práctica, nuestras familias y jóvenes aprenden la lección más extraordinaria del servicio, la disponibilidad y la atención de los unos con los otros y a los otros, como estos días lo vemos hecho realidad en los sanitarios, voluntarios, hombres y mujeres que, con sus buenas acciones, nos enseñan la presencia del Resucitado más con el ejemplo que con las palabras. Un gran «aplauso» de admiración y agradecimiento a todas estas personas y en todos los rincones donde sirven.
El Dios de Jesús, por medio de la muerte y de la resurrección, nos manifiesta la fidelidad al Amor y a la entrega, a la gratuidad; al Amor hacia una humanidad «herida por los virus» y que, a través de las llagas de su pasión, nos ha curado de estas pandemias del mundo. Esperamos que esta palabra de Jesús cambie el rumbo de la historia. No hay lugar ya para los miedos en la experiencia del Resucitado, solo hay lugar para la alegría, para no acelerar el paso y sentirnos acompañados por el camino, como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24), para compartir y anunciarlo a todos como tarea misionera.
Dios arrebata a Jesús de la muerte para conducirlo a la vida y, por la redención de Jesucristo, a todos los que fueron salvados y recuperados para estar con Él y junto a Él. Esta es hoy nuestra fe, a pesar de «la que está cayendo». La vida es más fuerte que la muerte, como el amor es más fuerte que la debilidad, pese a estar confinados debido al estado de alarma por el coronavirus COVID-19.
A pesar del dolor tenemos esperanza de que nuestras familias y amigos; niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos; comunidades fraternas y grupos cristianos… saldrán adelante porque Dios ha matado la muerte dando Vida. ¡Nuestra Vida es Jesús resucitado! La vida nuestra es una continua Pascua y nuestra labor como Iglesia es dar testimonio de lo que el Señor obra en nosotros, de que nuestro Dios nos transmite la verdadera alegría y el gozo, jamás de los jamases de pena y congoja, y esto como franciscanos lo llevamos en el ADN de nuestra identidad carismática.
¿Qué podemos hacer en Pascua?
- Gozar de la alegría del Señor resucitado que nos repite una y otra vez: «¡No tengáis miedo!: “Yo estoy con vosotros todos los días…”», porque el que ama no teme.
- Dar gracias a Dios por la vida que nos ha regalado a través de Jesús, por su muerte y resurrección. Con Cristo nosotros también hemos resucitado.
- Comunicar la buena noticia de saber que el Padre de Jesús es nuestro Padre que nos ama y nos regala, por medio de su Hijo, al Espíritu consolador y dinamizador.
- Celebrar la vida que se nos regala abundantemente y que podemos festejar, al menos, cada domingo en la Eucaristía comunitaria, como familia, como fraternidad, como resucitados.
- Disfrutar del día del Señor compartiendo la oración litúrgica y comunitaria, la reunión fraterna, el pan y el vino de la fiesta. Adaptándonos a las circunstancias de cada momento, incorporarse a los sacramentos pascuales de estos días: Bautismo y Confirmación, Matrimonio.
- Leer algo sobre el Espíritu que se nos regala y al que tan poco acudimos, llevarlo a nuestra oración diaria para que Él nos ilumine.
- Ejercer la función profética e inconformista, buscando siempre los bienes de allá arriba donde está Cristo (cfr. Col 3,1-4) y no agarrarnos a los de la tierra.
- Fortalecer la esperanza y tener cara de redimidos y salvados, aceptados por el amor que nos envuelve, a pesar del coronavirus con el que recordaremos históricamente esta Pascua de tantas muertes, que esperamos sea semilla de santos…
- Saber que la felicidad no es algo que yo me granjeo por mi cuenta, sino que Jesús resucitado es el que hace fiesta en mi interior y esta no tiene fin.
- Acudir al gozo de la Ternura del Dios que resucita a Jesús para que vivamos en «fraternura» cristiana creyente y creíble: «Mirad como se aman». Hoy diríamos: «Mirad como se ayudan en la dificultad».
- Volver a Jesús. Y creer en el Dios de Jesucristo desde una espiritualidad de confianza, no del mero optimismo.
- Discernir juntos como familia, grupo, comunidad… por dónde nos lleva el Espíritu del Señor en estos momentos de prueba, celebrando eventos importantes que nos reubiquen o nos trasladen de lo bueno a lo mejor.
- Abrir los ojos para descubrir los testigos del resucitado en los vecinos de la puerta de al lado; leer la exhortación del papa Francisco: Gaudete et exsultate, 6. Descubrir, en nuestros lugares, cuánto bueno se realiza cada día y dar gracias.
- Organizar algún encuentro de familias de modo real o virtual −según las circunstancias− con otros grupos o comunidades, aportar las experiencias de la Pascua y estimular al crecimiento en la fe.
- Dedicar tiempo al acompañamiento personal y comunitario, escuchando sin reloj a quien quiera hablar y desahogar o quitar peso en su vida y situación particular. Y celebrar acontecimientos de resurrección para despedir, de modo adecuado, a los que se nos fueron.
- Acercarnos a otros y ofrecerles gestos de perdón y de misericordia, dejando atrás nuestros razonamientos fríos que rompen las relaciones y crean fronteras.
- Abandonar tristezas y complejos porque nuestro Dios es Alegría y Júbilo. Cantemos al Señor un Cantico Nuevo porque hace cada día maravillas (cfr. Sal 97,1), especialmente a través de la creación, donde todo se renueva en este tiempo de primavera, que se nos está yendo sin darnos cuenta.
- No condenar a nadie, sino sanar heridas y curar fragilidades con el ungüento de la cercanía y la ayuda solidaria. Tenemos mucha tarea por hacer, pero sostenidos por un Amor que nos acompaña.
- Vivir una espiritualidad fraterna del paso a paso, del «golpe a golpe, verso a verso» como dice el poeta… estando siempre a pie de obra.
- Cantar a la vida y a la fraternidad de hermanos porque nada ni nadie puede matar nuestro «coraje de existir» y nuestras ganas de ser hijos en el Hijo.
- Cuidar de la familia y recrear el don de la vocación. Leer juntos y comentar la exhortación del papa Francisco: Amoris laetitia, especialmente los capítulos 4 y 5.
- Hacer alguna visita e implicarnos con ciertos lugares de frontera, donde la marginación se hace presente en personas e instituciones, que necesitan la mano amiga de la solidaridad compartida.
- Visitar a las personas solas o abandonadas, enfermos de todo tipo… y ayudémosles material y espiritualmente, a través de acompañamiento y respondiendo a sus situaciones de emergencia.
- Recuperar la paciencia y la serenidad, después de lo que hemos vivido, y no volver a las prisas, sino al vivir el hoy de cada día sin ritmos acelerados.
- Apreciar lo pequeño y no ambicionar ser los mejores y los más grandes, porque cualquier situación de pandemia nos ayuda a descubrir nuestra propia fragilidad.
- Sintonizar con las ondas del mundo, especialmente con las que transmiten los jóvenes, sabiendo que no somos de este mundo, pero sí que debemos iluminar las tinieblas y ser «hijos de la luz».
- No mirar atrás pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino implicarnos en esta realidad y sabiendo que hemos de responsabilizarnos en el trabajo diario para ganar el pan con el sudor de nuestra frente, aunque no siempre sean trabajos remunerados, pero siempre siendo creadores con nuestras posibilidades y acompañando otras necesidades y proyectos gratuitos.
- Ser profetas del hoy que miran al mañana y dejar atrás el de ser «profetas de calamidades».
- Responsabilizarnos de nuestra misión y tarea, y no cargar a otros lo que a nosotros nos corresponde hacer. Y dejar las culpabilidades que nos paralizan.
- Descubrir que toda la creación es obra de Dios y que a nosotros «se nos pide ser jardineros» en esta sociedad acelerada, ahora parada, y ayudar a que se desarrolle la justicia y los derechos fundamentales de toda persona. Ser franciscanamente ecólogos de Dios y cuidar de nuestra «casa común», hogar que hemos de conservar y cultivar, sin contaminar.
¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!
La última palabra la tiene la PALABRA
Severino Calderón Martínez, ofm
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