VIERNES DE DOLORES EN ALCORCÓN
Caía la tarde del viernes, llamado de Dolores, cuando la misa solemne, presidida por el Obispo auxiliar de Getafe, D. José Rico Pavés, daba paso a la procesión del Señor de Alcorcón. Jesús de Medinaceli recorría el barrio hasta el centro en una multitudinaria procesión vía-crucis que, a la luz de las antorchas de los devotos, constituía una vía luminosa con Jesús al frente, seguido de autoridades civiles, policiales y religiosas.
La Banda Municipal de Música de Miguel Esteban (Toledo), magistral como siempre, amenizaba un camino que se hacía al principio largo y pesado en la calle Cisneros, cuesta arriba - como a veces la vida -, pero que obtenía su recompensa en el encuentro de la Plaza de las Fraguas: el Señor y su Madre. "No lloréis por mi, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos, porque si hacen esto con el leño verde, ¿qué no harán con el seco?".
La cofradía de La Soledad se incorpora a la procesión, que continúa sus pasos a la plaza de las Hermandades. Los anderos, fuertes de cuerpo y de fe, encuentran allí el espacio para realizar las delicadas maniobras de reverencia y saludo. La gente irrumpe en aplausos y vivas mientras un tímido chispeo da paso a la hermana lluvia que no puede contener más las lágrimas de emoción, y nos obliga a apremiar el paso.
Se desluce un poco el vía-crucis mas no el ardor del corazón que no hace sino encenderse más aún, volcado en gestos de compasión ante el Señor de Alcorcón algo mojado, pero hecho caridad en generosos paraguas que se abren solidarios para acoger a amigos y desconocidos.
Así es Dios, nos une en comunidad de hermanos que alaban a quien todo lo ha dado porque todo se ha hecho por Él: "Jesús, llévanos al Padre". Su entrada triunfal en San Pedro Bautista, anticipo de un brillante domingo de Ramos, recibe al Señor entre vítores al compás de la música. Sangre y flores, dolor y alegría..., la vida y la muerte, se hacen sentimiento en un pueblo que aplaude de emoción, que vibra con la Pasíón de un reo que no es un hombre cualquiera, que no es un condenado más, sino el Cautivo Divino, el llamado: Señor de Alcorcón.
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