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  • Cada día con Francisco de Asís

Diciembre 10

A los ministros de la palabra de Dios los quería tales, que, dedicándose a estudios espirituales, no se embargasen con otras ocupaciones. Pues solía decir que los ha escogido un gran rey para transmitir a los pueblos las órdenes recibidas de boca de él. Observaba: «El predicador debe primero sacar de la oración hecha en secreto lo que vaya a difundir después por los discursos sagrados; debe antes enardecerse interiormente, no sea que transmita palabras que no llevan vida». Aseguraba que el oficio de predicador es digno de veneración; y cuantos lo ejercen, dignos de ser venerados por todos.
«Ellos son -decía- la vida de la Iglesia, los debeladores de los demonios, la luz del mundo».
Dignos de mayor honor juzgaba aún a los doctores en sagrada teología. Por cierto que un día hizo escribir, dirigiéndose a todos: «A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida. Una vez que escribió al bienaventurado Antonio, hizo comenzar la carta con estas palabras: «Al hermano Antonio, mi obispo»

(2C 163)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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