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  • Cada día con Francisco de Asís

Mayo 27

Contaré en pocas palabras un caso de significación poco clara, pero certísimo de toda certeza. Al tiempo en que Francisco, el pobre de Cristo, se dirigía con prisa de Rieti a Siena en busca de remedio para los ojos, atravesaba la llanura vecina a la Rocca Campiglia en compañía de un médico amigo de la Orden. Y he aquí que en el trayecto que recorría San Francisco aparecen tres mujeres pobrecitas a la vera del camino. Eran tan parecidas en estatura, edad y cara, que se diría que las tres habían salido del mismo molde. Cuando llega hasta ellas el Santo, inclinan éstas reverentes la cabeza y le enaltecen con un saludo nuevo: «Bienvenida sea la dama Pobreza». El Santo se llenó al instante de un gozo indecible, como quien no había encontrado saludo más placentero para dedicarlo a los hombres que el que ellas habían dictado. Y creyéndolas en un principio mujeres realmente muy pobres, vuelto al médico que le acompañaba, le dice: «Te lo pido en consideración a Dios: dame algo para esas pobrecillas». Nada más oírlo, se ofreció éste, se apeó volando del caballo y repartió a cada una unas monedas. Apenas prosiguen ya el camino que llevaban, así que los hermanos y el médico extienden la vista en todo lo largo de aquella desierta llanura, no ven ni rastro de las mujeres. Asombrados en extremo con las maravillas del Señor, cuentan el episodio en la seguridad de que no fueron mujeres aquellas que habían transvolado más veloces que las aves.

(2C 93)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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