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Domingo XVI. La cizaña


18 Julio 2026

¡Hola Jesús!

En este domingo décimo sexto de la Liturgia dominical, surge la pregunta: ¿de dónde sale la cizaña?

La Palabra del Señor siempre nos regala algún buen pensamiento para enriquecer el corazón. Nos dice la Palabra que los empleados de aquel agricultor habían sembrado semilla buena, pero ven cómo la cizaña se come el campo. Y brota de sus labios la pregunta más normal: ¿DE DÓNDE SALE LA CIZAÑA? No encuentran otra respuesta que la de culpar a un enemigo.

Y aunque parezca que eso es tirar balones fuera, lo bueno es que aciertan: el que siembra el mal es un enemigo. Solo que tal enemigo no está fuera de uno, sino dentro de uno mismo. La cizaña, toda cizaña, brota del corazón de uno mismo, por eso hay que vigilarlo atentamente.

En el fondo del corazón humano conviven un ángel de bondad y un Caín. Hay que dar cancha al primero y tener sujeto al segundo para que no salga afuera y haga estragos. La historia nos enseña que, tanto personas como sistemas sociales y políticos, cuando se han dejado llevar por el mal, han causado cataclismos cósmicos.

Por eso hay que repetirse con la verdad de lo que es cierto: puedes sembrar bondad y maldad, semilla buena y la peor cizaña. Sembremos la bondad por la mañana y por la tarde porque no sabemos cuál de las dos cosechas será la buena, quizá las dos.

Es verano, tiempo de más relación. No sembremos cizaña en la vida de los demás. No propaguemos bulos, mentiras y defectos de los demás. Seamos cuidadosos, respetuosos y veraces. No seamos enemigos de las personas que van sembrando por ahí la cizaña de la maledicencia. No nos refugiemos en el anonimato. Y lo dicho: sembremos el bien.

Al Reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

Trigo y cizaña conviven juntas y no es posible separarlas (Mt 13,24-43). Sería una atrocidad pensar que se puede separar lo bueno de lo malo, la vida de la muerte, en las criaturas vulnerables que claman poder vivir una vida más vivible. Jesús es consciente de que la cizaña que al principio se parece al trigo, luego ahoga frecuentemente al bien. Y pone en boca del dueño de la mies la pregunta sobre si se debe arrancar la cizaña. Esta pregunta se mueve en la lógica de los seres humanos y su afán de clarificar lo que es vida y lo que es muerte, lo que es puro y lo que es impuro, lo que es bueno y lo que es malo. Jesús sabe que Dios no responde esta pregunta desde nuestras categorías. Su respuesta es seguir alimentando, nutriendo, con paciencia, acogiendo la muerte y la vida al mismo tiempo, cultivando una bondad que ama incluso sabiendo que al final la cizaña ahogará en cierta parte.

El Reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

Pongámonos a trabajar, no nos crucemos de brazos, sino a sembrar… Paz y Bien.