¡Hola, amigo, Jesús!
Fue el jueves santo cuando dijiste: “ya no los llamo siervos, os llamo “amigos” porque todo lo que el Padre me ha dicho se los he dado a conocer”. Te has vaciado en nosotros.
Quiero ser tu amigo, quiero corresponder a tu amistad. No quiero presumir de ser bueno, quiero presumir del Amigo que me quiere aunque no sea bueno. Tú siempre amando primero, yendo delante en todo.
¡Qué mal te fue con los amigos en aquellos momentos difíciles!
Hoy, para cortarme la cresta de mi orgullo, tengo que reconocer que me parezco un poco a todos ellos: me parezco un poco a Judas (¡Cuántas sombras en su corazón y en el mío!), me parezco a Pedro, “el cobarde”, porque cuántas cobardías hay en mí. Y me parezco a lo que duermen mientras tú sudas sangre por la angustia de lo que está pasando y de lo que se te viene encima. Y me parezco a los que huyen y se esconden para que “lo tuyo no los salpique a ellos”.
Y tú los seguiste queriendo. ¿Cómo fuiste capaz? Ahí veo que era el Dios todopoderoso en Amor el que amaba a través de ti. ¿Cómo pudiste mirar con ternura a Pedro después de jurar que no te conocía?
¡En Humanidad eres un gigante!
“Los amo mucho; ámense los unos a otros”, les dijiste y nos sigues diciendo cada día. Y amándonos tanto, nos empujas a amar, nos invitas a inventar cada día formas nuevas de amarnos, porque, ciertamente, no sabemos. Ni siquiera sabemos amar a los buenos.
¡Y lo de poner tu vida en aquel pan partido y en aquel vino…!
¡Coman, coman! ¡Beban, emborráchense con este vino! ¡SOY YO!
¡Acójanme, como acogen lo que comen!
¡Dejen que me haga carne en vuestra carne!
¡Hagamos una Comunión de vida: yo con ustedes y ustedes conmigo!
¡Todo lo de ustedes será mío, y todo lo mío será de ustedes! ¡Ese es mi deseo en esta noche y siempre!
Ay, amigo. Te confieso que todo eso me desborda. No entiendo, y me declaro incapaz de entender. Tu amor me sobrepasa total. Yo, comer del pan y beber de la copa sí que lo hago. Pero creo que mi problema está en digerir, hacer mío lo que como, hacer mío lo que te escucho. Tus palabras me llegan, pero se me van volando, no las guardo como hacía María, tu Madre bendita, hasta que se hagan vida en mi vida. Y lo mismo me pasa con la comunión: no termino de “hacerte mío” o que tú me “hagas tuyo”. Te pongo en “mi altar”, pero luego no te llevo a la boca, las manos, los pies, los sentimientos…
Que tu Espíritu nos enseñe y nos ayude a digerirte.
Que estos días “Santos”, nos hagan, me hagan un poco mejor… que me parezca y sea como Tú.
Gracias Señor.
Que así sea.
Bitácoras