¡Hola, Jesús!
Amigo que me abordas y amigo que siempre estás acogiéndome. Si hoy tuviera que ponerte un nombre te llamaría “terremoto de Dios”, porque no dejas títere con cabeza.
Yo sé que tú ves las cosas como las ve el Padre nuestro.
Y, porque no consigo entenderte del todo y porque me veo viviendo al revés tuyo, sé que aún no he entrado del todo en el Evangelio, que me falta mucho y a veces hago tan poco.
Me podrías decir lo que dijiste a Pedro: “tú piensas como el mundo, no piensas como Dios”. Pero te lo agradezco mucho, porque tu Palabra es una luz que alumbra mis sombras, y mira que tengo sombras...
Ahí nos pones hoy a Lázaro, a la sombra de tu extraña bienaventuranza: dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios, y yo tengo tantas riquezas escondidas: “orgullo, soberbia…, mi yoísmo…”, bueno digo riquezas Dios es el Dios de los pobres.
No sé cómo te las arregla para ser el Dios de todos con esa predilección tan especial por los hijos que sufren, que carecen de casi todo menos de tu amor exagerado por ellos.
Abraham tiene más razón para afirmar que Lázaro está contigo en la gloria de Dios que el hecho de que en la vida todo fue sufrimiento para él.
O lo que nos decías el domingo pasado: los pobres serán quienes nos abran las puertas de tu Reino. Lo pienso detenidamente ante el Sagrario, que hermoso es aspirar a la Santidad contigo en la Gloria, y que sea un “pobre”, el que me habrá la puerta…, “sabes Señor, haré como San Francisco de Asís, lo abrazaré con todas mis fuerzas y lo cubriré de besos”, porque en él estás Tú”.
Aunque habrá que arreglárselas para tener manga con ellos: serán nuestros salvadores cuando nos presentemos a las puertas del cielo, ya sin nuestras riquezas, méritos, honores…, ni sé cuántas historias.
Y yo en el error de pensar que era San Pedro el que tenía las llaves.
Amigo Jesús, hoy quiero mirarme a la luz de tu parábola. A veces me reconozco en Lázaro: cuando siento mi fragilidad, cuando experimento carencias, cuando dependo de otros para sostenerme, cuando mi única fuerza es la confianza en ti. Entonces, en mi pobreza, descubro tu amor y tu cuidado. Pero también me parezco al rico, cuando vivo distraído en mis propios banquetes, cuando cierro los ojos ante el dolor de los demás, cuando pienso que todo me pertenece y me olvido de compartir lo que me regalas.
Señor, dame un corazón sencillo, que acepte sus pobrezas, y un corazón generoso, que no se encierre en su abundancia. Que en el rico sepa ver un espejo que me advierte. Enséñame a elegir, cada día, la mesa de la fraternidad, donde nadie sobre ni nadie falte, donde tú seas el pan que nos une…, el Pan nuestro.
Bitácoras
