¡Hola Jesús!, amigo que bien me quieres.
Hoy vuelvo a escuchar tu llamada; y hoy vuelves a dejarme claro que me has llamado para enviarme, que mi vida ha de ser, como la tuya, un pan que alimente el vivir de otros.
El Padre te envió a nosotros y tú nos envías a los otros “con la misma misión que el Padre te confió a ti”.
Me gustaría decirte como María: “aquí estoy para lo que mandes”. Y quisiera que mis hermanos también se sintieran llamados y enviados por ti, pero a veces somos un poco o un mucho “tozudos”...
Te pido por ellos: hazlos fuertes, porque a veces Tú sabes que somos muy débiles, a veces díscolos, atrevidos…, y todo se nos va por la boca.
Te confieso que me parece un poco exagerado lo que le pides a tus enviados que lleven y que no lleven. Pero lo pienso mejor, y veo que te estás retratando, que nos estás pidiendo que vayamos como vas Tú.
También en eso vas siempre delante. ¿Que nos mandas como corderos en medio de lobos? Y mira que hay y estamos rodeados de lobos y lobas…
Normal, somos tus discípulos, El Cordero perseguido por los lobos. ¿Que nos mandas sin dinero ni provisiones? Como Tú, que no tenías donde reclinar la cabeza. Lo que sí hay que llevar bien adherido a las entrañas es una confianza infinita en el Padre que nos cuida, la Paz para darla y la Buena Noticia de que el Padre está trabajando duro para que la vida sea Vida de verdad.
Tu presencia en medio de nosotros es la prueba del esfuerzo inmenso del Padre para que todo sea mejor para todos. Curabas enfermos (porque ese era el deseo del Padre) y los envías a curar enfermos. Tenías poder sobre el mal y los envías con poder para que el mal “caiga como un rayo”.
Jesús mío, ¿cuándo creeré que me has dado poder para vencer el mal a fuerza de bien y me ponga a la tarea?
Jesús, amigo, gracias por llamarme, gracias por enviarme; gracias por la paz y la Buena Noticia.
Y perdona por ir cargado con tantas cosas y con tantas ideas y prejuicios que en lugar de ayudarme me estorban y despistan.
Y lo de “alégrense porque vuestros nombres están escritos en el cielo”… ¡Qué pasada! Mi nombre ya escrito en el cielo. Mi nombre escrito en Dios. Mi nombre escrito en el Mundo Nuevo. ¡Qué alegría, qué esperanza, qué fuerte me hace el saberlo!
Jesús, tú sabes que soy muy dado a teorizar todo, a convertirlo en bellas verdades para guardar. Que el Padre, como a Pedro el otro día, nos revele que todo esto es verdad en nosotros.
Que sepa vivirlo, que sepamos vivir el Evangelio.
Gracias, ¡Señor y Dios mío!, como dijo el apóstol Tomás.
Bitácoras
