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La celebración litúrgica. Anuncia y realiza la salvación por medio de signos


20 May 2025

“Consideramos la celebración como una sucesión de ceremonias prescritas, a muchos, que sufren con frecuencia el malestar de algo raro en todo aquello que se realiza en el altar se les escapa el verdadero sentido del hacer ritual… Para que los ritos sean significativos, deben, por una parte, conservar su autenticidad sin ser banalizados por un ceremonialismo que los priva de su original sentido humano; y otra, deben ser evocadores de aquello que Dios ha hecho por la salvación de su pueblo y de lo que también hoy sigue realizando en la celebración”.

Dios ha hablado a su pueblo y le ha comunicado su salvación por medio de signos visibles cuya máxima y total expresión es el mismo Cristo Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, el signo por antonomasia. Este diálogo entre Dios y el hombre continúa hoy a través de los signos litúrgicos y san León Magno (+461) lo sintetizó con una expresión: “Aquello que era visible en nuestro Redentor ha pasado a los ritos sacramentales”. En otras palabras, Dios continúa hoy hablando y actuando en favor de su pueblo por medio de aquellos signos en los que está presente y actúa por el poder del Espíritu (cf. SC 7).

Dios comunica, pues, el conocimiento de la verdad y su salvación en primer lugar por medio de los signos litúrgicos. Cualquier otro tipo de anuncio y de compromiso por el evangelio hunde sus raíces y halla su modelo y su estilo en la celebración litúrgica. “Aunque la sagrada liturgia es, principalmente, culto a la divina majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo fiel”. Por eso, “los ritos deben resplandecer por una noble sencillez; ser claros por su brevedad y evitar las repeticiones inútiles; han de adaptarse a la capacidad de los fieles y, en general, no deben precisar de muchas explicaciones” (SC 33-34).

No se trata simplemente de una preocupación de orden pedagógico para procurar un conocimiento racional o una mejor ejecución por parte de la asamblea. Esta preocupación se funda en la conciencia de que los sacramentos de la Iglesia “realizan lo que significan” en el sentido más pleno de esta afirmación. Por tanto, cuanto más claros sean los signos tanto mejor es provocada la respuesta del hombre al don de Dios que nunca falla, pues ha sido adquirido con la sangre preciosa de Cristo (“ex opere operato”).