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Oración del III Domingo de Pascua


03 May 2025

¡Hola, Jesús, mi amigo del alma!

Qué bien te veo, lleno de plenitud y gloria junto al Padre y, desde ahí nos atraes y nos acompañas. Pero, para verte completo, tengo que mirarte también en esta humanidad, en esta Iglesia, que es tu Cuerpo. Y ahí te sigo viendo crucificado y roto. Las llagas en tus manos nos lo recuerdan. Y que estamos siguiendo tú mismo camino de amor y de dolor con la esperanza de llegar a la plenitud desde la que tú nos llamas. Qué suerte creer que nos esperas en la meta y eres compañero de camino.

Nuestra situación es difícil.

¡Qué te voy a decir a ti de situaciones difíciles! Pero nos alegra descubrir en el evangelio que, con otras músicas, con otros personajes, con otras artimañas tu historia se repite, que tu Evangelio está sucediendo en esta nuestra Galilea y en nuestro Jerusalén de hoy. Y aquí estamos nosotros y aquí estás tú, aquí está tu Evangelio, aquí está tu Amor “hecho carne” en nosotros.

Por eso, necesitamos, como dice el evangelio de hoy verte en la orilla, y comer contigo ese pan bueno que preparas para llenarnos de tu fuerza y de tu presencia, en la “Mensa Christi”.

Hace mucho tiempo oí una canción que me caló, tanto que no la he olvidado como he olvidado tantas cosas. El estribillo decía: “hay que dejarse pescar sin patalear”.

En el Evangelio veo pescar a aquellos pescadores y parece que no te fue muy difícil. Les llenaste el corazón de entusiasmo. Pero luego, pescar sus corazones y su confianza… eso sí que te fue difícil.

¡Cómo pataleaban aquellos amigos que se habían echado al camino contigo…! Ahí, ahí sí que me veo reflejado al cien por cien. Yo sé que tú me has pescado, y qué contento estoy de que así haya sido, pero mis pataleos son continuos, mis resistencias incontables, mis desánimos frecuentes, mis ataduras muchas.

Y me parece que a mis hermanos les pasa algo parecido. Te damos un sí, pero con un “pero” que nos paraliza, que nos convierte en una estatua de sal, como a la mujer de Lot, siempre mirando “patras”.

Señor Jesús, te lo pido para mí y para mis hermanos: péscanos, danos la alegría, esa que nos hará fuertes, para estar contigo y en lo tuyo sin disculpas paralizantes. Danos tu Espíritu, el que te guió a ti, el que terminó de convertir a tus discípulos, para que nos dejemos pescar sin patalear.

Hoy de nuevo en la Iglesia, y esperando al “sucesor” de Pedro, es necesario echar la red al otro lado, y para ello hay que obedecer, y tener paciencia…, porque el mundo, la Iglesia nos está esperando, y todos necesitamos que el discípulo Juan nos diga al oído: “¡Es el Señor Jesús!”, y es cierto hay tantas personas que están esperando que le susurremos al oído que “¡Es Cristo!”, hay tantos que te están esperando…; tenemos que aprender de Pedro a tirarnos al Mar de Galilea, al “mar de la vida”, y llegar al corazón de tantas personas que te necesitan y que nos necesitan…, que necesitamos “arrastrar a la orilla de la vida”, las realidades de las personas, y atenderlas, escucharlas…, desmontar tantos “tinglados” que tenemos, esos que no hacen Iglesia…, que son nuestras historias, componendas…, en las que perdemos el tiempo y nos perdemos porque nos perdemos “aquella fogata, con un pescado encima, y pan…”, tenemos que oler a pescado y a pan sabroso…; tenemos que aprender a arrastrar la red como hizo Pedro, como tendrá que hacer su “sucesor”, arrastrar hasta la arena de la playa, “de la vida”…, y aunque estaba repleta, no se rompió, Señor, que no se rompa la vida evangélica, la vida de tu Comunidad, la Iglesia que tanto amas…; bueno te dejo, y es que nos amas tanto, que hasta nos esperas en la orilla del Mar de Galilea, en el “mar de la vida”…, ¡cuánto nos cuidas!.

Gracias.