¡Hola, amigo Jesús!
¡Hola, amigo mío, amigo nuestro!
Nos encontramos, porque tú vienes a la orilla. Al final, la orilla es un lugar privilegiado para encontrarse contigo. Te encantan las orillas. Desde la de Belén hasta la cruz, hasta los cruces de los caminos, siempre te encontramos donde no te esperábamos.
Gracias, muchas gracias por venir, por estar siempre, por estar aquí y así. Tú lo sabes mejor que yo: de los predicadores de hoy la gente huye. Pero contigo era y es diferente: Se amontonaban para escucharte y se olvidaban hasta de comer. ¡Cómo conectabas con lo que necesitaban sus vidas! ¡Qué manera la tuya de hablar de Dios y de la vida! A ti la Palabra te salía de muy al fondo. A nosotros más bien nos sale de la cabeza. ¡Y así nos va!
Me sugiere mucho la invitación que le hiciste a Pedro: “¡Rema mar adentro!”. ¡Hay más que las orillas en las que nos revolcamos!
Dios es misterio, pero se ha puesto a nuestro alcance: ¡rema hacia Él! Cada uno es aún un misterio para sí mismo: ¡rema hacia tu fondo!
Tu hermano es una oportunidad nueva de crecimiento: ¡rema hacia tu hermano!
La vida es más que lo que ves y lo que vives: ¡rema hacia ella! Y la pesca abundante te asombrará. La vida tiene tanto nuevo y tantas sorpresas que darnos...
Yo te podría decir como Pedro: me he pasado la noche o la vida, intentando pescar. Y pescar, pescar…, la verdad que no mucho. Y tú, rompiendo nuestras calculadas decisiones, nos invitas a pescar de día. ¿De dónde sacó Pedro aquella “disparatada” confianza de decirte: “pero si tú lo mandas, echaré las redes”?
¡Qué diferente sería la Iglesia si tuviéramos claro ese “si tú lo mandas…”!
Yo también me asombro, pero de mi cerrazón, cuando compruebo que, con tantísimas razones como tengo, aún no has conseguido ganarte mi confianza. Yo aún no me arriesgo a decirte: “si tú lo mandas…” Cambiaría tanto…
Te pido por los hermanos, en quienes pienso mientras te digo esto y te pido por mí: que nos atrevamos a confiar en ti.
¡¡Volvería a suceder tu Evangelio, pero con nosotros!!
Entraríamos gozosos y confiados en las honduras de la vida. Y en las entrañas del mundo seríamos levadura, luz y sal que haría todo nuevo, que bastante que lo necesita. Por lo pronto, contigo, empeñarme en buscar otros mares, otros amores, otras prioridades, otros modos de hacer las cosas.
Señor, aquí me tienes, mándame…
Bitácoras
