En la liturgia las cosas “hablan”, aunque sabemos que por sí, son mudas. Quiero decir es que hablan por el hecho de las hemos tomado, las hemos transformado, y las hemos colocado en el lugar que pensamos más significativo: es nuestra acción lo que las hace hablar, las llena de sentido. En realidad, empapadas de nuestro espíritu, “son” realmente otra cosa, como el pan y el vino en las manos de Jesucristo.
No sólo las cosas hablan en la liturgia, sino también, y más aún, nuestro cuerpo. Más todavía que las cosas, porque el cuerpo lo tenemos más cerca del espíritu: es su vivienda natural y su vehículo de expresión normal. A veces parece que, cuando vamos a la liturgia, olvidamos el cuerpo en la calle, o que no nos damos cuenta de que lo llevamos con nosotros, dispuesto a servirnos en la oración. Este olvido resulta un serio obstáculo para la liturgia en sí misma y para la participación personal en ella –estamos pasivos-. Sólo se nos pide que pongamos espíritu en nuestro cuerpo, para que éste no permanezca mudo.
- Quien cree y trata de vivir el misterio que celebramos es la persona: “yo creo que Dios nos ama y nos salva en Jesucristo”.
- Pero la persona es también cuerpo: “yo creo, amo y espero, también con mi cuerpo… Yo rezo y celebro con mi cuerpo”.
No es indiferente ir vestido de una u otra forma, sentarse en un lugar u otro, con los otros o solo, saludar con un gesto o no, caminar en procesión o no, levantar las manos o dejarlas quietas. “coger o recibir” la Comunión, hacer una inclinación o una genuflexión o no hacerla… todo habla y todo comunica; todo hace comunión y todo identifica. Nos hacemos presentes y nos comunicamos con nuestro cuerpo. Asimismo, el misterio no evita nuestro cuerpo, antes bien, le gusta hacerse presente y comunicarse usando todas sus virtualidades. “El verbo de Dios se hizo carne”.
La belleza, las cosas, el cuerpo, sirven a la liturgia en tanto que forman parte de una acción. Porque eso es la liturgia “acción”, con ello digo que no es un espectáculo, que se componga de escenario o pantalla y patio de butacas, actores que hacen cosas y hablan y público que mira. No es una representación plástica más o menos bonita, expuesta a la contemplación estética de los espectadores. La liturgia es una acción que hacemos todos los que participamos en ella, y la primera consecuencia de esta afirmación es que es preciso “entrar”, sentirse implicado en aquello que se hace.
La liturgia, está bien, o estaba bien hecha, con los signos comprensibles y los gestos adecuados. Pero faltaba lo más importante: la sintonía, el afecto, la comunión… Sin esta sintonía la mejor liturgia será un fracaso (puede quedar como un espectáculo). A veces también nuestras liturgias provocan esta misma impresión: parecen trabajos de amor frustrados. Y la pregunta que nos viene a la cabeza es si Jesucristo sentirá lo mismo. Él, en efecto es quién dispone la liturgia, nos lava con agua, nos unge, nos prepara la mesa, nos pone al alcance los signos de reconciliación… etc.
+ El gran reto es alcanzar, a través de estos signos, el amor suyo, que renueva, fortalece, establece comunión de vida perdona y reconcilia.
+ Por ello, no basta con usar los signos más adecuados a la sensibilidad de la gente y que la gente los “entienda” y quede impresionada.
+ Es preciso que la gente, todos nosotros, llevemos dentro aquel mínimo de apertura a Jesucristo, aquel mínimo de interés, aquella disposición que hace posible la comunión efectiva.
No todos entran en la liturgia, porque no todos respiran su aire. Ni siquiera todos los que dicen que “les ha gustado” podemos decir que han entrado verdaderamente en la liturgia. El disfrute y la alegría de quien entra en la liturgia vienen, no de la liturgia como tal, sino de la comunión de vida que ella ha hecho posible.
Eso sí, la celebración frecuente hace crecer y profundizar la comunión, y a su vez la comunión nos hace más aptos para la celebración: así crecen en nosotros el amor del Espíritu. El amor es virtud, la virtud es hábito y el hábito es acción.
No nos cansaremos de llamar a la participación en la liturgia. “Participación” quiere decir implicación cordial, vital y consciente. Si decimos que la liturgia es acción, entendemos que quienes la celebran no han de sentir sólo como sujeto pasivo, como quien dice: “alguien han hecho algo para mí, o conmigo, o en mí”.
Es verdad que el hecho de estar regulada y establecida, puede dar la impresión de que la liturgia de la Iglesia sólo consiste en recibir lo que nos dan. En efecto, contiene fórmulas, rúbricas, textos y normas. A veces nos revelamos frente a ello, reclamando el protagonismo que ha de tener la asamblea, el celebrante, o el responsable de turno. No nos faltan razones: la liturgia es experiencia del Espíritu y el Espíritu no se sujeta a normas, sino que es creatividad y espontaneidad. Lo otro, decimos, es hieratismo y formalismo.
Un monje escribió: “la liturgia podría compararse a la celebración e interpretación de una obra musical. Al principio hay una partitura. Todavía no es música, sino sólo un conjunto de signos es un papel. Será música en el momento en el que los músicos la hagan sonar. Pero los músicos no son el compositor: es una música que viene de otro y que los instrumentistas interpretan siéndole fieles, si bien con aquel margen de libertad y de toque personal que permite que la música del mismo compositor tenga diferentes interpretaciones según sus intérpretes”.
La liturgia no son las fórmulas, los textos o las normas, sino la acción de celebrar realizada por la comunidad. La asamblea actúa siguiendo lo indicado, pero haciéndolo personal, con su impronta particular. Un texto, un gesto, una acción, siendo los mismos cambian profundamente según la situación vital del que celebra: el Padre Nuestro suena diferente en un clima absolutamente festivo, o en una comunidad dividida, o en una asamblea preocupada por el pan de cada día.
Hoy la liturgia deja muchos elementos a elección de quienes celebran. Pero, aun lo establecido, debe ser actuado poniendo en ello la vida y el corazón. Además, la “partitura de la liturgia” es también una obra creadora del Espíritu Santo, que la ha ido componiendo a lo largo de los siglos mediante su obra en la Iglesia, que celebra el misterio de la fe. El mismo Espíritu que anima hoy la asamblea que celebra es quien pone en sus manos el modo de celebrar. Más aún: Él es el propio misterio de amor que se celebra; es el compositor, es la música y el intérprete.
Bitácoras