La participación la liturgia forma parte de aquellas experiencias humanas que calificamos de “inefable”, de aquello “que no se puede explicar verbalmente”. No cabe cualquier descripción o explicación.
Aunque a veces nos piden explicaciones del porqué y del cómo de los ritos y de los símbolos…, es sin duda un deseo justificado, pero una buena explicación no se deduce de una buena participación. Porque la vivencia litúrgica es parecida al goce estético, pues, la liturgia no es tanto cuestión de cabeza, sino de corazón. La liturgia, además de estética en acción, es experiencia (comunitaria-eclesial) del “misterio”. Y el “misterio” es belleza, verdad y bondad, a la vez y en plenitud, sabiendo que el “misterio” nos sobrepasa absolutamente. Debe servir a la fe del Pueblo de Dios, que vive del encuentro concreto y cotidiano con el “misterio”.
Tenemos que ser creyentes orantes, y para la oración, incluso la más sencilla, es bella y que toda verdadera belleza en el fondo es oración. Ya que la Belleza, como la Verdad y el Amor, es única: es el resplandor de Dios. Pues, en la liturgia cristiana los elementos naturales, como las piedras, el hierro, la madera, la arena, los minerales, el fuego, las plantas, el agua, la luz, los manteles, los ornamentos… son transformados y transfigurados en belleza para Dios.
Así la naturaleza, que salió de las manos de Dios armoniosa y bella, y que por nuestros pecados encontramos dañada, alcanza su plenitud, su sentido último, su término, volviendo a Dios con la belleza recuperada… como la contempló y vivió el Seráfico San Francisco de Asís, como “hermosura”. Y ahí entramos nosotros. Un espíritu creador y un corazón sensible a la belleza del “misterio”. Aunque no sólo es cuestión de sensibilidad y capacidad técnica, sino también, y sobre todo, de virtud. Hoy gozamos cuando las comunidades celebramos el “misterio”, y ahí ponemos toda nuestra inteligencia, imaginación y sensibilidad… cuando celebramos el “misterio” de la liturgia es un regalo del Espíritu Santo.
Al celebrar y contemplar el lugar celebrativo –nuestros templos- es sumergirse en la pequeñez y a la vez en la grandeza de la belleza, aunque el espacio celebrativo sea sencillo y simple es suficiente, pero si nos falta un mínimo de gusto o sentido para la belleza, difícilmente podríamos entender y vivir la liturgia, y sin olvidar la vertiente poética de la liturgia. Tenemos la necesidad de un sentido de la belleza, no solo hacia los textos y expresiones verbales, sino también en todo el conjunto de la acción litúrgica. Hemos de decir que todos tenemos –o me parece- este sentido estético. Eso sí, más o menos cultivado: es una de las huellas de Dios. Y diré más: es un sentido que, sin darnos cuenta se manifiesta en mil detalles de la vida. De hecho, no es atrevido decir que hay “una liturgia casera”, que empapa toda la vida, y en la cual proyectamos nuestro sentido estético. Así cuando nos engalanamos porque vamos a un acto especial, estamos haciendo una liturgia casera –me engalano para “gozar” de la Eucaristía-. Y en esta liturgia proyectamos nuestro sentido estético, creamos belleza al servicio de la experiencia que queremos provocar y compartir.
Para entender qué es la liturgia en la Iglesia conviene que profundicemos un poco en esta conducta más cotidiana. Lo que hacemos es manejar cosas, objetos… Pero lo hacemos de tal manera que lo convertimos en lenguaje, les hacemos hablar, los cargamos de significados. Esta acción de hacer hablar las cosas consiste en sacar de ellas toda su capacidad de comunicar belleza. Mediante esta comunicación provocamos una determinada experiencia en los otros: bienestar, gozo por la compañía, agradecimiento, alegría… Es esta experiencia lo que nos interesa de verdad, a pesar de que casi nunca la explicamos de palabra. Queda como una especia de misterio escondido y que hay que vivir, más que explicarse con razonamientos y discursos.
Sólo falta que los otros, una vez recibida la comunicación, tengan la suficiente sensibilidad como “entrar” en esta experiencia y compartirla. Los otros, para ellos tienen que entender (y vivir) el lenguaje de las cosas, la belleza que rezuman, gracias a la acción humana de quien las ha transformado y colocado allí. Para un cristiano cualquier liturgia casera es algo más que un acto de educación o de afecto. Para él todo está empapado del amor de Dios y a los hermanos: en el fondo todo lo que pretende es compartir esta experiencia.
Pensemos en “las cosas” que usó Jesús para provocar la experiencia de su amor, como el pan y el vino. En sus manos el pan y el vino son cosas que hablan y, así, comunican presencia y gesto de su propio amor, lo que mostró muriendo y resucitando por nosotros. Fue la primera liturgia cristiana, y desde ahí hasta la sencilla liturgia que un “pobrecillo sacerdote” realiza con su Comunidad, es la continuación de aquella, de aquel anochecer en el Cenáculo.
Bitácoras
