¡Hola amigo Jesús!
Cuántas veces he ido con peregrinos a Caná de Galilea, y en la celebración de la renovación de las Promesas Matrimoniales, te confieso que me encantaría poder verte por una rendijita en aquellas bodas de Caná: verte cantando con todos, verte bailando las danzas con todos, verte comiendo y bebiendo con todos y como todos, sin las poses encartonadas que estamos tentados de imponerte, porque nos parece que eso no es propio del Hijo de Dios.
Pero fue así, y así eras y eres unido a todo y a todos…, así nos das una señal de Dios, tan clara, que tus discípulos crecieron en la fe que ya tenían puesta en ti. Viéndote en la boda vemos que Dios siempre está presente donde un amor sucede, y es lo que hoy te pido para nosotros los cristianos del presente. ¡Amigo Jesús, nos hace falta encarnar la fe en la vida de cada día!
Gracias por ese subrayado de que Dios nos quiere felices y contentos.
Gracias por dejarnos claro que nuestra búsqueda de la alegría es, en el fondo, una búsqueda de Dios.
Gracias por ese precioso milagro de convertir el agua en vino y por la sobreabundancia de tu respuesta. ¡600 litros de vino!
¡Qué señal más clara del derroche de Dios!
¡Qué buena noticia para los que buscan la alegría!
Ya sabes, amigo del alma, que a nosotros eso de cambiar, o convertirnos, siempre nos suena a agobio a tristeza a esfuerzo, porque nos hemos acomodado en nuestro mediocre bien-estar.
Qué bueno sería que llegáramos a entender que, contigo, todos los cambios son para bien, para crecer, para ser más felices y hacer más felices a los otros.
Señor, cambiaste el agua en vino, cambiaste la tristeza en alegría, cambiaste aquella religión “aguada” en una religión de fiesta. Cambiaste a aquellos discípulos tuyos, tan rastrerillos ellos, y los hiciste a tu imagen y semejanza…
Cambiaste la mala suerte de tantos heridos por la exclusión, los sistemas políticos…, y la enfermedad en vida plena y alegría.
Amigo Jesús, Señor hoy quiero pedirte que también me cambies a mí, y que cambies a tantos que te necesitamos…
Cambia nuestros corazones de piedra en corazones de carne, cambia nuestros miedos en confianza, cambia tantos apegos que nos esclavizan en libertad de la buena.
Bueno, quizás tendrás que empezar por cambiar nuestra manía de no querer cambiar, de seguir en lo de siempre.
¡Seguirte es el camino!
Qué certero el consejo de María: “Haced lo que Él os diga”.
Al final, tengo que volver al principio; empezar por escuchar lo que me dices y renovar cada día la decisión de “hacer lo que tú me dices”.
La señal está dada. Muchos la entendieron y se alegraron. Otros la entendieron y se pusieron furiosos; la vieron como un ataque a sus privilegios. Te rechazaban por comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores, ¡y hasta comes con ellos! Y que bueno, también comes con nosotros.
Señor que tu Iglesia vea la señal que nos das y apostemos por el amor, la alegría, la felicidad…
¡Gracias Jesús por el Vino nuevo y bueno de cada día en la Eucaristía!
Bitácoras