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El Bautismo de Jesús


11 Enero 2025

¡Hola, amigo Jesús!

Dice el salmo: “antes que la palabra salga de mi boca, tú, Señor, ya la has escuchado”, porque tú, Padre querido, estás más en mí que yo mismo. Qué saludable me siento al saber que estoy habitado por ti. Y a veces me siento como si sólo fuera un saco de órganos a los que hay que cuidar con mucho esmero.

Cierro los ojos y quiero regocijarme de la comunión que me une contigo, con todas las personas y con el universo. La separación es aparente. En ti todo es uno, todos somos uno.

Como dice Jesús: “…Para que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.

Dice el evangelio que “Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia”. Ay, Abbá, Padre querido, qué aventura más apasionante podría ser la vida si también nosotros creciéramos y creciéramos en todas las dimensiones que tenemos. Pero ya sabes, Padre, que muchas veces nos conformamos con crecer sólo en edad. Nos resignamos a ser sólo cascarones que cumplen años.

Y tú siempre dentro, siempre amando, siempre acogiendo, siempre…, como un Tesoro escondido que nunca nos decidimos a buscar. Padre querido, Abbá, como Jesús nos enseñó a llamarte, a veces he pensado y he dicho que nos parecemos a una cebolla. Tenemos muchas capas y apenas somos conscientes de las más superficiales. En ellas nos movemos y entretenemos.

Pero creo que nos habita un misterio infinitamente más grande que nosotros mismos. Creo que Todo Tú vives, sientes y te mueves en cada uno. Quiero, Padre, unirme a Jesús, el que supo hacerlo, y sumergirme en mi hondura y con Jesús descubrir que ahí estás esperándome, que también el cielo está abierto sobre mí, que derramas el Espíritu vivificador sobre mí, que me llamas “hijo querido”.

Creo, Padre, que mientras no te “escuche” llamarme “hijo mío” mi relación contigo será una relación forzada, fría e interesada. Y no es eso lo que veo en Jesús ni lo que quiero.

Por eso, me reafirmo en mi empeño de “ir hacia adentro”, dejarme encontrar por ti y, a base de escuchar y acoger, permitirte que vayas aflorando en mi vida, que vayas conquistando esas zonas oscuras a las que aún no te he dejado llegar.

Padre, me encantaría “ver tu rostro”. Tú verás cuándo es el momento en que eso deba suceder.

Y se oyó una voz: “Este es mi Hijo amado escuchadlo…”

¿Tú vives como Hijo amado de Dios?

¡Háblanos Espíritu Santo!