El documento sobre la liturgia del Concilio Vaticano II (Exhortación Apostólica Marialis Cultus de san Pablo VI de 1974), describe la importancia de la presencia de la Bienaventurada Virgen maría en el culto litúrgico de la Iglesia.
El documento conciliar nos ayuda a encontrar una acertada y hermosa mirada hacia la Madre de Dios desde la celebración litúrgica de la Iglesia. Al estar maría asociada a su Hijo desde el misterio de la Anunciación, cada una de sus festividades litúrgicas tiene un vínculo indisoluble en la celebración de los misterios de Cristo, su Hijo. La singularidad de María radica, por tanto, en su maternidad divina, razón del resto de sus privilegios y especiales gracias.
Además, el ser realmente la Madre de Dios hace de la Virgen una colaboradora especial en la “obra salvífica de su Hijo”, a pesar de ser una criatura. No es casual que los padres conciliares escogieran esta expresión, pues, como sabemos, la liturgia de la Iglesia tiene como finalidad actualizar la salvación de Nuestro Señor Jesucristo. Todas las celebraciones que a lo largo del año nos invitan a volver nuestra mirada a María, nos la presentan como un ejemplo a seguir para acoger la salvación de Dios.
María es la primera redimida y santificada y, además, es modelo de imitación para cada uno de nosotros. Ella “es el orgullo de nuestra raza” (cfr. Jdt 13, 18) y fuente de esperanza para nosotros, peregrinos hacia la Jerusalén celestial donde María nos espera. En ella la Iglesia, que se encuentra todavía en camino hacia la visión celestial, se ve reflejada, pues sabe que la salvación se ha cumplido totalmente en ella.
María es la plenitud de la naturaleza humana al ser la imagen perfecta de su Hijo. Su asunción a los cielos nos recuerda y certifica la salvación que Cristo nos trajo con su encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión a los cielos. Es normal, por tanto, que los fieles entendamos la relación que existe entre su Hijo, que es Dios, y ella, su Madre y madre nuestra. Con razón, el propio Magisterio de la Iglesia nos dirá que, al igual que con gozo celebramos sus fiestas, instintivamente desconfiemos de aquellos que no la honran o la ofenden.
No olvidemos tampoco que el culto litúrgico debe guiar nuestras expresiones de veneración a la Santa Madre de Dios –la Santísima-, la llaman los hermanos de las Iglesias ortodoxas. La piedad popular hacia la Madre de Dios (rezo del rosario, peregrinaciones a Santuarios, novenas…) debe guiarnos a reconocer al Señor como nuestro Redentor y a su Madre como aquella que nos guía a acoger la salvación que su Hijo nos dejó. Sí, María es la Madre de Dios, pero en plano de la voluntad del Señor y de su gracia también es madre nuestra Madre.
Aunque a lo largo de todo el año vamos celebrando solemnidades, fiestas o memorias donde recordamos los dogmas relativos a María (1 de enero: Virginidad y Maternidad Divina; 15 de agosto: Asunción a los Cielos; 8 de diciembre: Concepción Inmaculada…) o algunas advocaciones concretas, la reforma litúrgica conciliar quiso que María no tuviera un ciclo mariano diferenciado, sino que estuviera asociado a la celebración de los misterios de su Hijo. A lo largo del año litúrgico, el tiempo de gracia en el que se nos ofrece a Cristo y al Espíritu, el recuerdo de maría estará unido a cada uno de los tiempos litúrgicos.
Tiempo litúrgico privilegiado para venerar a la Madre del Señor será el Adviento y la Navidad. Sin olvidar la memoria típicamente española de la Virgen de la Expectación en el Parto o Virgen de la Esperanza -18 de diciembre-.
Aunque en Cuaresma y Pascua no encontremos en la liturgia romana fiestas específicas, a excepción de algunas preces de Vísperas, sí encontramos múltiples expresiones de piedad popular como complementan las celebraciones litúrgicas, como pueden ser la presencia de María al pie de la cruz, la contemplación de su soledad o sus dolores y o la alegría del encuentro con el Resucitado. Junto a ello no olvidamos la importancia de María en Pentecostés, hecho que ha querido resaltar el papa Francisco con la inclusión de la fiesta de la “Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia”, el lunes siguiente a la celebración de la venida del Espíritu Santo.
Durante el Tiempo Ordinario, serán únicamente las fiestas y memorias de la Virgen los hitos en mitad de este periodo. Sin embargo, no hemos de obviar que la Iglesia recuerda todos los días a María en todas las plegarias eucarísticas o en la Liturgia de las Horas. Cada día nos unimos a su alabanza a Dios en el Magníficat de las Vísperas o en la oración mariana con que concluimos las Completas. Recordemos, también, el carácter mariano de cada sábado donde traemos a la memoria que el Sábado Santo la única que esperó la resurrección del Señor fue su Madre.
Por último no olvidemos la publicación de la Colección de misas de la Virgen que es una auténtica ayuda y fuente de inspiración para la oración mariana. Singulares serán también los cinco prefacios comunes para celebrar a la Bienaventurada Virgen María del Misal Romano. Los títulos de esos prefacios son ya de por sí inspiradores: “La Maternidad de la Bienaventurada Virgen María” por la que “derramó sobre el mundo a la luz eterna, Jesucristo” (prefacio I); “La Iglesia alaba a Dios inspirándose en las palabras de maría” (prefacio II); “María, modelo y Madre de la Iglesia” (prefacio III); “María, signo de consuelo y esperanza” (prefacio IV); “María, imagen de la nueva humanidad” (prefacio V).

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM.
Bitácoras
