El mundo de hoy suele experimentar cierta ansiedad cuando no recibe respuestas inmediatas a las preguntas de la comunicación instantánea. La tecnología ofrece envíos cada vez más rápidos y seguros que, además, notifican el mensaje cuando ha sido leído.
Ante estos desafíos debe enfrentarse la persona que desea cultivar la interioridad y no quiera sucumbir ante la urgencia constante de validar mensajes y, en todo caso, a responder de inmediato incluso cuando no haya confirmaciones de lectura.
La cultura moderna está perdiendo la capacidad de formular las preguntas fundamentales que expresan la búsqueda de sentido. Cuánto nos cuesta interiorizar y reflexionar, no así compartir ideas y materiales… Hoy se privilegia lo superficial sobre la reflexión, la secuencia, el análisis… En este ambiente hemos de aprender a habitar el silencio y la oscuridad, no para caer en el vacío, sino en la reflexión y el discernimiento, gustando el ritmo lento de la vida.
Hoy muchas personas son incapaces de estar «sin hacer nada» y por eso todo se llena con el móvil, las redes sociales, la música, la tele… Sin embargo, todos tenemos necesidad de estar pacificados, en silencio, cultivando la interioridad y la contemplación necesaria, para abrirnos al encuentro sereno y enriquecernos con los demás, sabiendo estar juntos y dialogando desde la paz que pacifica y se abre a horizontes de sentido.
También en la liturgia nos abrimos a la acción simbólica desde el silencio, donde se aprende a callar para mejor escuchar.
En un mundo hiperconectado necesitamos el «ayuno digital», que consiste en establecer tiempos regulares de desconexión tecnológica, para poder pensar con claridad. La oración y la meditación nos ayudan a recuperar la interioridad y volver hacia lo que es esencial en nuestra vida.
El silencio es esencial para elaborar el pensamiento y articular la palabra. Sin el silencio acumulamos información sin alcanzar el verdadero conocimiento. Todos estamos necesitados de hacer pausa, stop…, para reflexionar y meditar superando las continuas distracciones del mundo digital que dispersa nuestra atención. Comenta Blas Pascal: «toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no permanecer en silencio…».
El silencio no es un mero mutismo, sino un tiempo en el que se asimila y se interioriza lo que sentimos por dentro, haciendo de él una plegaria, por eso para escuchar el mensaje del silencio es necesario hacer silencio, guardar un tiempo interior haciendo memoria de lo que estamos celebrando.
En la encíclica Laudato si', el papa Francisco nos recuerda:
«Dios ha escrito un libro precioso, “cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo”».
San Francisco de Asís encontró en la naturaleza este lenguaje silencioso de Dios, y fruto de su corazón contemplativo es el Cántico de las criaturas, expresión poética de su experiencia interior, al que rendimos homenaje con motivo de su 800.º aniversario (1225-2025).
Bitácoras