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Sembradores de Esperanza


23 Abril 2025
Para E. Bloch la esperanza es el único Dios que existe. No hay un principio de la esperanza sino que la es-peranza es el principio y fin. Su obra máxima: “El principio de esperanza” se abre con estas palabras: “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué esperamos? ¿Qué nos espera?. Pregun-tar por ella es preguntar por la persona; por su valor sagrado, por su condición fiadora, confiable y amorosa; por su perduración personal, por su futuro legado a la responsabilidad moral en el presente”. (Olegario González de Cardedal, la raíz de la esperanza). 
1. Caminamos en este mundo y, mientras lo hacemos, se va deshaciendo el hombre exterior, mientras podemos ir labrando el mundo interior y mientras se agota el caudal de esta vida, puede ir naciendo otro de vida eterna. Saber ir creciendo armónicamente es el reto de nuestra libertad, y por ello la suprema po-sibilidad y gracias posibles. Quien anhela ser eternamente joven ignora la esencia de la libertad, creci-miento, sabiduría envejecimiento y eternidad van juntas. 
  • a. El hombre anhela infinitamente más de lo que por sí mismo puede conseguir. 
  • b. El amor no puede ser exigido sino aguardado y agradecido.
  • c. Necesita preveer, anticipar y programar el futuro para poder vivir en confianza.   
El futuro definitivo que le interesa (¿Qué va a ser de mí?), le queda desconocido. 
Las tres raíces de la esperanza son: el Absoluto, el amor y el prójimo. Son las realidades que más necesi-tamos y sin embargo le “superan” a la persona. 
La esperanza dice: projimidad, comunicación, acogimiento, confianza, leguaje, oración. El talante que se da en ella nace y es debilidad, aguante, paciencia, magnanidad, esfuerzo, consuelo y creador. 
Dios que nunca se olvida de la persona, y es capaz de acompañarle en la vida y en la muerte, sufriéndola conmigo y venciéndola. Pero a la vez lo que la persona experimenta que Dios nunca le abandona ni se olvi-da y que el ser humano bueno o malo siente que Dios siempre está en vela, a su vera. El amor de Dios se manifestó cuando nosotros éramos pecadores y débiles. A su debido tiempo Cristo murió por nosotros, como hemos vivido estos días en la Pascua (Rom 5,5; 3,26; 1Pe 3,18). 
Esperanza y libertad. Donde no hay prójimo no hay esperanza fundada. La libertad no nos está dada para esquivar responsabilidades comunitarias. La libertad es la capacidad que Dios ha dado a cada persona para asumir su ser y realizar su misión, junto a las demás personas, en el amor y servicio, como Cristo fue libre para solidarizarse con nosotros, muriendo por nosotros. Para ser libres nos libera Cristo Jesús.  
 
2. La esperanza no defrauda (Rom 5,5) 
La esperanza nos mantiene en la convicción de que Dios nos quiere, nos acompaña y nos va iluminando en nuestras decisiones para que seamos responsables de los compromisos adquiridos. Nos toca vivir el hoy de la esperanza porque el pasado es historia, el futuro es incierto y hoy es el mejor regalo que te puede dar la vida: las informaciones de lo cotidiano, para recuperar el filtro de la esperanza en nuestra forma de ver el mundo. 
Necesitamos respirar el perfume de la esperanza. El Espíritu del Señor es nuestro mejor amigo, nos con-suela, apoya, defiende y acompaña. Nos abre los ojos para ver señales de esperanza en nuestro alrededor. 
Todos tenemos una cita de eternidad y con el salmista decimos: “Quiero ver a Dios” (Sal. 63). 
El evangelio es una noticia muy hermosa, buena, alegre, llena de esperanza. Todo el mundo tiene derecho a conocerlo, y a nosotros se nos pide que demos razón de nuestra esperanza (1 P 3,15), compartiendo una mirada generosa con los más pequeños y frágiles, con los que sufren y están enfermos, compartiendo el pan y el agua con los necesitados. 
Podemos ser testimonio de una vida luminosa si vivimos con atención amorosa en el ritmo vertiginoso de la vida, si crecemos en paciencia.  La esperanza es también el compromiso personal para compartir los bienes con los demás y hacer visible el proyecto del Reino. Toda nuestra vida es un taller de esperanza.  
  • María es luz, faro, regla, vida y promesa de nuestra esperanza. Jesucristo resucitado favorece el valor de lo sencillo: el silencio denso, el esfuerzo y la tarea, lo esencial y pilar de nuestro crecimiento. Rega-la, pues, a los demás la alegría del Espíritu para caminar con otros en una renovada esperanza. 
  • San Agustín nos pide: - que nos indignemos con las cosas que no están bien y tengamos la valentía de cambiarlas; - que nos hagamos peregrinos en la búsqueda de la verdad, soñadores incansables, hom-bres y mujeres que se dejan inquietar con el sueño de Dios; - que el sueño de Dios es que reinen las justicia y la paz. 
  • San Francisco de Asís: La esperanza es un don. Para el hermano Francisco de Asís todo es gracia y todo es don: «El Señor me dio fe […], hermanos […]» (Testamento). Multitud de hombres y mujeres han sabido reconocer la vida que se regala y se renueva, de generación en generación, porque «la Pa-labra se hizo carne…». 
  • Antonio Machado (1875-1939), en sus versos, reivindica el camino como identidad del ser humano, invitando a dejar atrás el pasado y a avanzar, conscientes del mundo presente: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se ha-ce el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino sino estelas en el mar”. 
En este camino personal y comunitario reclamamos eternidad; como la creatividad reclama filiación y la filiación incluye fraternidad; la fraternidad reclama conocernos, comunicarnos y contarnos la vida. Para amar es necesario sintonizar armónicamente con los demás. 
 
3. Peregrinos de esperanza.  
Este lema es una invitación a tomar conciencia de que Jesucristo sigue presente entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20) y el llevará a plenitud su obra salvadora en el momento oportuno. Siempre debemos tener presentes la palabra del Señor, que nos dice: “Mira que yo estoy a la puerta y lla-mo, si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo” (cf Apo. 3,20). 
 San Pablo nos invita a estar alegres, siempre alegres, porque “El Señor está cerca” (Fil 4,4-5). Él es nuestra paz, él es nuestra esperanza. En él se cumple lo que anunciaba el profeta Sofonías: “El Señor, tu Dios, está en medio de ti, te salva, se goza y se complace en ti, te ama” (Sof. 3,18). 
No podemos esperar pasivamente sino que la esperanza debe movernos a colaborar con Cristo en su obra salvadora, preparando con nuestras obras un mundo mejor. No debemos desear el futuro ignorando el presente. Esta es la dimensión práctica de la esperanza cristiana, que no debemos olvidar si no queremos falsificarla. 
  Peregrinamos en esta iglesia en la que somos hijos de Dios, sintiéndonos sabedores de que “el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (Gaudiun et Spes 31), La esperanza nos hace acoger y escuchar los gemidos de todos los tiempos, la historia dolorosa de la humanidad, la esperanza sin esperanza para conducirnos a des-cubrir los gérmenes de la esperanza en Jesucristo resucitado: “El Señor es nuestra esperanza” (Col 1,27). “Es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad. Nuestro hoy y el futuro son iluminados por la presencia…Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de la propia vida” (Juan Pablo II). 
Cuando somos creativos se asoma la esperanza a nuestro mundo. Cuando confiamos en el ser humano y defendemos su dignidad frente al individualismo, ofrecemos solidaridad y misericordia. 
 

 Itinerario de la esperanza 

  1. Jesucristo resucitado motiva todas nuestras acciones, nos toca volver a él, es nuestro compañero de ca-mino. 
  2. Nos toca actuar con creatividad de modo que en nuestros grupos los protagonistas son los sujetos de la acción. 
  3. Mirar con esperanza las dificultades del camino fortaleciendo nuestra confianza en el Dios que nos sal-va. 
  4. Nos toca reavivar lugares de encuentros, en espacios de silencio, oración, retiro… siendo solidarios con las búsquedas que reactivan nuestras necesidades espirituales. 
  5. Todos somos seres en relación con nuestras comunidades y movimientos…, con ellos compartimos juntos nuestras esperanzas, disfrutamos de la comunión fraterna, gozamos con la hermana naturaleza como obra de Dios…y todo nos configura como esencia de lo que somos. 
  6. Debemos incorporar a nuestra vida todo lo bueno que vamos aprendiendo en el camino por medio de aquellas normas que nos han ayudado a crecer… 
  7. Es importante que todo lo que vamos viviendo, interactuando, lo insertemos en el proceso de madura-ción personal, en la fe que nos sostiene y fortalece en las decisiones. 
  8. No debemos dejarnos llevar por momentos efervescentes de nuestro proceso, sino volver a la cotidiani-dad como los discípulos de Jesús que, encontrándose con Él, vuelven a la realidad de lo cotidiano. 
  9. Todo futuro es apasionante por estar sin estrenar y depender de nuestras decisiones en el camino de vi-vir el proceso con esperanza. 
  10. Llenemos nuestro corazón de actividades atrayentes, poniendo al servicio de los demás, como un fruto madurado en la Pascua, con ¡mucha confianza en Dios y vivirlo con esperanza!.
 
5. Loas a la esperanza: 
  1. Loado, seas mi Señor, por la obra sinfónica de toda la creación. 
  2. Loado, seas mi Señor, por cada hombre y cada mujer, manifestación de la caricia de Dios para el mun-do. 
  3. Loado, seas mi Señor, por los que tienen palabras de aliento y apuntan obras creadoras de vida y espe-ranza.    
  4. Loado, seas mi Señor, por los gestos de paz y ternura, la fraternura y la cercanía cálida de los amigos. 
  5. Loado, seas mi Señor, por los pequeños y los frágiles de la tierra que contribuyen generosamente a la esperanza. 
  6. Loado, seas mi Señor, por los mil y un gestos de la vida cotidiana. Cargados de gratuidad y servicio. 
  7. Loado, seas mi Señor, por el agua, el viento, el sereno y todo tiempo, por la caricia, el abrazo y el beso. 
  8. Loado, seas mi Señor, por regalarnos una esperanza cierta para vivir una libertad fresca. 
  9. Loado, seas mi Señor, por los brotes de ternura, esperanza y amor que están surgiendo cada día. 
  10. Loado, seas mi Señor, por los sueños que se hacen realidad y nos llenan de alegría compartida y re-partida. Loado seas. 
 
6. Y gracias por tanto don como se nos regala. 
Por todo lo vivido en este tiempo de esperanza renovada. Dejémonos atraer ahora por la esperanza y y que a través de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles: “Espera en el Señor y se fuerte; ten valor y espera en el Señor” (Salmo 27,14)-No podemos menos que recrearnos en el buen Dios y gozar y expresar la alegría de vivir, y el sentido de una vida feliz en armonía con toda la naturaleza. La persona humana contempla, admira, se divierte y entretiene y entra en comunión a través de nuestro hermano Francisco de Asís: “Con el hermano sol, que alumbra y abre el día y es bello en su es-plendor, y lleva por los cielos noticia de su autor…” (Cántico de las criaturas). 
Gracias a todos y cada uno de los seres, las cosas, las personas y las obras que avalan que es posible la esperanza en tiempos de incertidumbre. 
Un abrazo largo de fraternura franciscana en Jesucristo resucitado.  
Severino Calderón Martínez, ofm