Cada tiempo litúrgico fuerte se nos invita a la conversión y a entrar en la intimidad del Señor, y a no quedarnos en las formas externas o cumplimientos legales.
El profeta nos dice: «Os daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de vosotros; y quitaré el corazón de piedra de en medio de vuestra carne, y os daré un corazón de carne» (Ez 11,19-20). Nuestros gestos y acciones solo tienen sentido si proceden del interior del corazón, donde anidan los buenos pensamientos y nos llevan a un amor más grande.
El ayuno que a Dios agrada es «“abrir las cárceles injustas, / dejar libres a los presos y oprimidos; / y romper las cadenas y los cepos” (cfr. Is 58,6). / Mira al Señor que está escondido, / sale a tu encuentro en los hermanos, / y “rasga el corazón y no el vestido” (cfr. Jl 2,13)» (cfr. disco Hacia la Pascua de Antonio Alcalde y Bernardo Velado, canto adaptado con actualizaciones).
Hoy sólo se puede ayunar siendo solidario con los pobres para que ellos no ayunen. Ayunar es amar y nuestro amor debe impedir los ayunos obligados de los pobres. Un ayuno que sea signo de solidaridad con los que ayunan involuntariamente, un signo de justicia en un mundo cruel donde unos comemos mucho y a otros se les hincha el estómago de no comer.
El ayuno es un signo de amor entregado, como Jesús que se desvivió para dar Vida en rescate por todos.
«El día que ayunes no tomarás sino pan y agua y, de la comida que habías de tomar, calcularás la cantidad de gasto que corresponde aquel día, y lo entregarás a una viuda, a un huérfano o a un necesitado» (Hermas, «el Pastor» siglo II).
Y no te sentirás superior porque tus acciones hayan tenido un efecto positivo; al contrario, reconocerás que todo proviene de Dios, sin importar quien sea el instrumento. Recordemos a san Francisco de Asís cuando escribía:
«Bienaventurado aquel siervo que no se exalta más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro» (Adm 17,1).
Este es el ayuno que Dios quiere:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
viste al que ves desnudo,
y no te cierres a tu propia carne.Entonces romperá tu luz como la aurora» (Is 58,7-10).
Severino Calderón Martínez, ofm
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