Estar, permanecer, acompañar, discernir, confiar, liberar, asombrar, cuidar, dialogar, interiorizar… son verbos que son caminos de esperanza junto a un Dios que se hace «uno de nosotros», experimentando la fragilidad humana desde los pies a la cabeza.
Todo ser humano necesita ser cuidado, si quiere desarrollar sus potencialidades. Es imposible ser lo que somos sin una mano amiga que nos abrace, nos cuide y nos acaricie; regalos que necesitamos en todo nuestro proceso de crecimiento, en toda nuestra vida de modos distintos. De estos cuidados disfruta el Emmanuel que esperamos en cada Navidad. Todos necesitamos una madre que nos acune y nos contemple; nos acaricie, nos fortalezca y nos mire; nos proporcione el alimento y el espacio adecuado para el crecimiento.
Cada año la liturgia nos recuerda que es tiempo de cuidar y ser cuidados en la fragilidad de lo que nace. Se nos dice que es clave experimentar la cercanía de un Dios que «se hace carne», abrazo, cercanía y presencia desde la esperanza de sabernos en las manos del Buen Dios, que siempre nos acompaña y está a nuestro lado; es el «Dios con nosotros», el Emmanuel.
La esperanza es el camino
Vivimos en un mundo que vive a contrarreloj, que corre veloz, como si nos dieran «patadas en el trasero». Da la impresión de que se nos impide vivir cada momento como oportunidad para disfrutar de lo cotidiano; menos mal que la esperanza nos hace a los creyentes vivir desde un futuro esperanzador, porque se alimenta más en la trascendencia. El futuro no mira solo al más allá, sino que nos retrotrae al más acá, al hoy. De hecho es hoy cuando programamos, planificamos, prevemos, gestionamos y optimizamos lo cotidiano. La esperanza nos une al futuro que no tiene fin y que apunta a la dimensión divina.
La esperanza es una orientación del corazón que trasciende el mundo cerrado y nos abre a las raíces profundas de las cosas, que se nos regalan a nuestro corazón, desde un dinamismo que nos construye un camino que nos lleva al paraíso. Vivamos alimentándonos por la esperanza que es presencia providente de Dios.
Necesitamos reavivar y fomentar como caminantes la esperanza
A pesar del desarrollo, científico y tecnológico, no hemos conseguido «el fin de la historia»; por eso no podemos ser ilusos optimistas ni tampoco pesimistas ciegos, sino que aspiramos a un realismo esperanzado, porque el futuro tiene un sentido desde la esperanza confiada en el presente, como elemento constitutivo de lo humano, imposible de quitarlo desde el corazón. San Pablo nos recuerda: «sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo con dolores como de parto… porque poseemos las primicias del Espíritu» (Rm 8,19-23). La esperanza nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús (lee —si puedes— la encíclica del papa Francisco: Dilexit nos, sobre el amor humano y divino…). El mismo Pablo nos recuerda que «hemos sido salvados en esperanza… si esperamos en lo que no vemos, aguardamos con perseverancia» (Rm 8,24-25).
Lo contrario a la esperanza es la prisa, por eso necesitamos que sobreabunde la esperanza cristiana (cf. Rm 15,13) para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta. Ojalá que cada uno sea capaz de dar una sonrisa, un servicio, un gesto que se convierta en semilla fecunda.
Crea esperanza, amigo y compañero,
haciendo pequeños gestos de amor en favor de la paz,
de la justicia, y de la obra creadora de Dios;
aplica estos guiños con los jóvenes, los adultos, los ancianos,
los sin techo, inmigrantes y forasteros,
los enfermos, ciegos, cojos y sordos (cf. Lc 4).
Con cada paso que damos al modo de Francisco de Asís con los leprosos…
abrimos caminos a la esperanza.
Fray Severino Calderón, ofm
Bitácoras