La Eucaristía celebrada (cf. Jn 6,1-14)
En las comidas compartidas de Jesús con la gente tuvo origen la Eucaristía; que no es un ceremonial religioso, sino una presencia con Jesús que, junto a Él, hacemos comunión de vida y misión.
Lo que a Jesús le interesa es la comensalía, la mesa compartida, la convivialidad destinada a construir la comunidad humana basada no en la religiosidad, piedad y devoción, sino en la solidaridad…
La comensalía es para todas las personas, para fomentar la convivencia y las relaciones humanas, y sus derechos fundamentales: la bondad, la cortesía, el respeto, la comunicación sincera, la ayuda mutua, la justicia y la paz, la fraternidad solidaria, etc.
Jesús se hace presente en la Eucaristía —mesa compartida— para que todas las personas celebren el encuentro comunitario, especialmente los pequeños, desde la unión de sentimientos, de asombro, de admiración y de emoción en un Misterio tan profundo, tan enraizado en la vida.
Pero puede ocurrir que, lo que repetimos tan a menudo, pierda lo que hemos señalado, se desvanezca y la rutina tome el relevo y empañe la maravilla del compartir. Lo mismo ocurre con la comensalía cuando se «domestica», se separa de la vida como fiesta y encuentro, que pueda perder su carácter de convocatoria abierta.
Tenemos que agradecer estos encuentros fraternos y compartidos en torno a la mesa que enamora, nos abre al Misterio que celebra el acontecimiento del memorial, que es presencia y realidad compartida y fraterna.
Una comida-cena de fraternidad. No es necesario llevar invitación; todos y todas estamos invitados por ser hombres y mujeres, hijos e hijas de Dios... hermanos y hermanas que se sienten parte de una misma mesa común. Una cena de puertas abiertas, donde podrán sentarse a la mesa primero las personas más pobres (cf. Lc 14,13-14), sin prisas, pues ha pasado la prisa del hambre, y Dios es comida de todos; Dios, por nosotros/as, se ha hecho alimento: el Dios de la fraternidad y el pan en abundancia (cf. Mt 14,20; Jn 6,13).
Debemos agradecer, además, el talante y espíritu de Francisco y Clara de Asís, que nos empujan también a acoger e incluir a todas las personas; en definitiva, a sumar y multiplicar la mesa de la fraternidad y del pan en abundancia («el Señor me dio hermanos» [Testamento de San Francisco de Asís, 14]).
«Ved: qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos»
(Salmo 132).
Cuántas gracias tenemos que dar los seres humanos, cuando nos sentamos a celebrar en la mesa, como seres dependientes y necesitados —frágiles y vulnerables— que recibimos de los otros seres tanto don, como manifestación de la obra creadora de Dios y que conmemoramos en cada encuentro: de las manos del Creador recibimos la naturaleza; el sol, el aire, el agua…, el trigo y el vino…, los animales y las plantas… Gracias a lo que recibimos podemos vivir y alimentarnos cada día:
«Dad gratis lo que habéis recibido gratis» (cf. Mt 10,6-8).
La Eucaristía es la acción de gracias, no merecida, un don, un regalo, una gracia desmesurada para saciar nuestra hambre y sed de pan y de palabra, de sentido y de vida. La Eucaristía «don para nuestra necesidad, una respuesta para nuestra hambre y nuestra sed» (Marcolini).
Nos toca ahora, como a Jesús, partir de las necesidades, como respuesta a nuestra hambre y sed de Dios, y de las personas con las que convivimos en este mundo, salido de sus manos creadoras. Escuchamos de Jesús esa palabra:
«Dadles vosotros de comer» (cf. Lc 9,13).
El Dios de la comensalidad es el mismo de la última cena, del lavatorio de los pies, con una toalla ceñida. Un Dios a nuestro servicio… Si esto lo entendemos, ahora nos toca hacer lo mismo: «cada vez que celebréis esto hacedlo en memoria mía» (cf. Lc 22,19-20; Mt 26,28; 1Cor 11,26).
En la Eucaristía, la mesa de la comensalidad, lo que queremos es mucho más que dar de comer, es dar un poco de nosotros mismos. La Encarnación y la Eucaristía son dos expresiones de amor gratuito de Dios que no recibe nada; sino que lo da todo, se da por entero.
El papa Francisco nos dice: «Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne en su existencia concreta» (cf. EG 150).
— ¿Qué necesitamos para que la comensalidad se convierta en celebración?
Nos preguntamos, también, qué propuestas tenemos para:
— crecer juntos y apoyarnos en la Eucaristía; y
— profundizar en nuestra relación encuentro con los pobres y pecadores, especialmente.
Fray Severino Calderón Martínez, ofm
Bitácoras