La conversación es comunicación. Que logremos hoy conversar es un lujo porque, en la sociedad actual, es común intercambiar mensajes por WhatsApp y «enredarse» a través de las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram…) antes que pararnos a conversar, sin reloj, de aquello que anida en nuestro corazón.
Hemos pasado de la conversación a los iconos de la velocidad, y la pandemia nos ha «encerrado» más en nosotros y en las técnicas digitales. Parece como si no supiéramos ya más que chatear, citarnos con el móvil y por medios telemáticos, perdiendo la relación del encuentro sereno y dialogante.
Enviando emojis e imágenes digitales (🙂, 🤗, 🤝…) sustituimos una sonrisa, un abrazo, un apretón de manos u otras expresiones de cercanía; nos hemos «iconizado» más que comunicado; quizá porque queremos quitar tensión a los encuentros sostenidos por una presencia, que nos confronte y nos ayude a crecer.
Algunos autores hablan del arte de comunicar como un proceso de aprendizaje que necesita tiempo, escucha y comprensión. Para conversar es preciso salir al encuentro del otro, de los otros, de Dios… para disponerse a dar y a recibir todo lo que los demás nos ofrecen de sí mismos. Creo que conjugar la triada: dar, recibir y dejar en libertad es el camino adecuado para comunicarnos en la conversación que recrea el encuentro fraterno.
En la comunicación fraterna y familiar no necesitamos un orden de los temas a tratar, ni el tiempo que requiere el encuentro, porque uno se da y recibe sin medida, lo que trae consigo una escucha atenta sin pretender ningún tipo de beneficio. No buscamos rentabilizar, sino, al contrario, encontrarnos desde la gratuidad, comunicando pensamientos, sentimientos, alegrías y penas… que bien llevado el encuentro produce sanación, curación, serenidad, paz, paz, paz…
Cuántos placeres a nuestro alcance tenemos si los aprovechamos −nos recuerda el profesor Francesc Torralba− cuando nos comunicamos, desde la gratuidad y el agradecimiento, por todo lo que descubrimos de nosotros mismos y de los demás; cuando dialogamos desde dentro para curar heridas, sazonar situaciones pendientes, iluminar las noches oscuras y «caminar como hijos de la luz» (cf. Ef 5,8).
Cuando nos comunicamos conversando
descubrimos los verdaderos valores
para ser generadores de PAZ y BIEN.
No es por casualidad que la palabra más repetida sea paz.
Severino Calderón Martínez, ofm
Bitácoras