“Uno de vosotros me va a entregar” (Jn 13,21). Uno de los nuestros, de nosotros va a entregar al Maestro. Él le ofrece un trozo de pan untado: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto” (Jn 13,27). Y lo hizo, se levantó y salió de la sala del piso de arriba, salió a la noche... Jesús también hace lo que ha venido a hacer: dar la vida. Él se entrega por nosotros, por muchos, por todos.
El Maestro no entrega a nadie, se entrega a sí mismo por todos. Éste es el mandamiento nuevo, tomar el pan y darle cuerpo: “Éste es mi cuerpo”, tomar la última copa y derramarla: “Ésta es mi sangre”.
Dar pan y darse en el pan. Dar a beber, darse en el vino. Vaciarse del todo para ofrecerse por completo: “Nadie me quita la vida, soy yo quien la entrego” (Jn 10,18). Su amorosa voluntad le lleva a fajarse una toalla, llenar una jofaina y, rodilla en tierra, lavar los pies de los amigos, uno a uno, también a ti y a mí.
Uno de ellos no quería y al fin quiso lavarse hasta la cabeza. Pero el Maestro enseña que su voluntad, “¡cuanto he deseado comer esta Pascua con vosotros!” (Lc 22,15), se traduce en signos de meridiana sencillez que hablan por sí solos de la voluntad del Padre: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar” (Jn 12,28).
La gloria de Dios se hace sacramento para dicha del hombre. En el huerto de los olivos Jesús reza y Dios oye, el Hijo suplica y el Padre calla. Ambos se aman y se abrazan en una alianza de obediencias que sella un sacerdocio nuevo, de entrega sin medida, donación que se mide en una cruz alzada para que todos la miren como signo de perdón eterno, sincero y verdadero del pecado caduco, derrotado, marchito.
De la roca tierna de su costado, “brotó al punto sangre y agua” (Jn 19,37). El remate final de la lanza inmisericorde golpea las entrañas de la misericordia divina y de su corazón abierto nace la Iglesia. De la costilla del Nuevo Adán dormido en cruz brota la caridad para saciar de compasión a todos los pueblos.
Jesús muere en la cruz y permanece en la eucaristía. El Hijo del amor divino abre el camino de la esperanza humana, ruta vital por el que trashumar como pueblo hacia la Pascua… “Nadie se salva sólo.”
En la barca de la historia, la Pascua que hoy comemos, en este sacramento nuevo y eterno, Jesús nos llama a la comunión, a la comunidad, “al gusto espiritual de ser pueblo”… ¿Cómo? Lavándonos los pies: Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.” (Jn 13,14)
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras
